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No más cielo amarillo: reducir la contaminación del aire por humo y polvo

Crédito: Pixabay

A comienzos de junio, el cielo se volvió amarillo en gran parte del noreste de los Estados Unidos. La gente se despertó con smog, neblina y un sol rojo, y se les advirtió que permanecieran en el interior para protegerse de un cóctel tóxico de contaminantes del aire. En la ciudad de Nueva York, los niveles de material particulado de un tamaño de 2,5 micrones o menos (PM2,5) (i) se registraron a razón de 400 microgramos por metro.  Esta lectura superó 11 veces las pautas estándar de 24 horas recomendadas por la Agencia de Protección Ambiental de EE. UU. y era equivalente a que cada persona en la ciudad, incluidos los bebés, fumara de 5 a 10 cigarrillos (i). Tales niveles sin precedentes de contaminación del aire convirtieron Nueva York la más contaminada de todas las grandes ciudades del mundo (i) ese día, a Nueva York en la más contaminada de todas las grandes ciudades del mundo, desplazando a poseedores perennes de récords como Nueva Delhi o Lahore (i).

El aire contaminado en la ciudad de Nueva York y en todo el noreste fue arrastrado por los vientos de Alberta, Nueva Escocia y Quebec, provincias canadienses, que experimentaron temperaturas récord y sequías que causaron una cantidad sin precedentes de incendios forestales.

Calidad del aire: una red compleja de sistemas que afectan a todos, en todas partes 

Estos eventos ponen de relieve que la calidad del aire es una red compleja de sistemas (i) que afectan a todos, en todas partes, en diversos grados (i). De manera alarmante, a partir de 2021, ningún país cumple con las pautas anuales de calidad del aire de la Organización Mundial de la Salud (i) para el ambiente PM2.5 – partículas finas de contaminación del aire, o material particulado, responsables de 6,4 millones de muertes cada año. Menos del 50 % de los países cumplen la meta intermedia menos estricta. En consecuencia, el 99 % de la población mundial está expuesto a una contaminación del aire que supera los límites recomendados por la OMS (i). 

Es probable que los eventos agudos de contaminación del aire causados por incendios forestales o tormentas de arena y polvo empeoren con el cambio climático.  Hay diversas razones (i) por las que pueden ocurrir incendios, pero su creciente frecuencia e intensidad apuntan a la intrincada conexión entre los eventos climáticos extremos provocados por el cambio climático y la contaminación del aire. En América del Norte, los impactos de El Niño/ENOS que provocan un clima más seco y cálido en el norte de los EE. UU. y Canadá (i) se ven magnificados por el cambio climático. Las temporadas de incendios forestales ya son más largas y severas.  En los EE. UU., la superficie quemada ha aumentado drásticamente de aproximadamente 1,3 millones de acres en 1983 a más de 7,6 millones de acres en 2020 (i). Esta tendencia no se limita a los EE. UU. y Canadá. En los últimos años, los incendios forestales extremos han devastado el Amazonas, Alaska, Australia, California, Europa, Indonesia, Rusia y Türkiye, propagando la contaminación a grandes distancias 

Las temperaturas más elevadas y las condiciones de mayor sequedad debido al cambio climático no solo contribuyen a más incendios forestales, sino que también se han relacionado con una mayor desertificación.  Los paisajes secos y degradados pueden intensificar las tormentas de arena y polvo, que junto con los incendios forestales conllevan importantes riesgos ambientales y para la salud (i). Propulsadas por vientos poderosos que transportan partículas de polvo de suelos erosionables, particularmente en zonas degradadas y afectadas por la sequía, las tormentas de arena y polvo se intensifican debido a prácticas insostenibles de la tierra, la eliminación de la vegetación y la pérdida de biodiversidad.  Destruyen millones de hectáreas de activos naturales renovables y contribuyen significativamente a la contaminación del aire en algunas partes del mundo. Estudios recientes (i) revelan que más del 50 % de la exposición anual promedio a PM2.5 en Asia Central y el sur del Cáucaso puede atribuirse al polvo natural y los incendios forestales. 

A comienzos de junio, el cielo se volvió amarillo en gran parte del noreste de los Estados Unidos. La gente se despertó con smog, neblina y un sol rojo, y se les advirtió que permanecieran en el interior para protegerse de un cóctel tóxico de contaminantes del aire. En la ciudad de Nueva York, los niveles de material particulado de un tamaño de 2,5 micrones o menos (PM2,5) (i) se registraron a razón de 400 microgramos por metro.  Esta lectura superó 11 veces las pautas estándar de 24 horas recomendadas por la Agencia de Protección Ambiental de EE. UU. y era equivalente a que cada persona en la ciudad, incluidos los bebés, fumara de 5 a 10 cigarrillos (i). Tales niveles sin precedentes de contaminación del aire convirtieron Nueva York la más contaminada de todas las grandes ciudades del mundo (i) ese día, a Nueva York en la más contaminada de todas las grandes ciudades del mundo, desplazando a poseedores perennes de récords como Nueva Delhi o Lahore (i).

El aire contaminado en la ciudad de Nueva York y en todo el noreste fue arrastrado por los vientos de Alberta, Nueva Escocia y Quebec, provincias canadienses, que experimentaron temperaturas récord y sequías que causaron una cantidad sin precedentes de incendios forestales.

Calidad del aire: una red compleja de sistemas que afectan a todos, en todas partes 

Estos eventos ponen de relieve que la calidad del aire es una red compleja de sistemas (i) que afectan a todos, en todas partes, en diversos grados (i). De manera alarmante, a partir de 2021, ningún país cumple con las pautas anuales de calidad del aire de la Organización Mundial de la Salud (i) para el ambiente PM2.5 – partículas finas de contaminación del aire, o material particulado, responsables de 6,4 millones de muertes cada año. Menos del 50 % de los países cumplen la meta intermedia menos estricta. En consecuencia, el 99 % de la población mundial está expuesto a una contaminación del aire que supera los límites recomendados por la OMS (i). 

Es probable que los eventos agudos de contaminación del aire causados por incendios forestales o tormentas de arena y polvo empeoren con el cambio climático.  Hay diversas razones (i) por las que pueden ocurrir incendios, pero su creciente frecuencia e intensidad apuntan a la intrincada conexión entre los eventos climáticos extremos provocados por el cambio climático y la contaminación del aire. En América del Norte, los impactos de El Niño/ENOS que provocan un clima más seco y cálido en el norte de los EE. UU. y Canadá (i) se ven magnificados por el cambio climático. Las temporadas de incendios forestales ya son más largas y severas.  En los EE. UU., la superficie quemada ha aumentado drásticamente de aproximadamente 1,3 millones de acres en 1983 a más de 7,6 millones de acres en 2020 (i). Esta tendencia no se limita a los EE. UU. y Canadá. En los últimos años, los incendios forestales extremos han devastado el Amazonas, Alaska, Australia, California, Europa, Indonesia, Rusia y Türkiye, propagando la contaminación a grandes distancias 

Las temperaturas más elevadas y las condiciones de mayor sequedad debido al cambio climático no solo contribuyen a más incendios forestales, sino que también se han relacionado con una mayor desertificación.  Los paisajes secos y degradados pueden intensificar las tormentas de arena y polvo, que junto con los incendios forestales conllevan importantes riesgos ambientales y para la salud (i). Propulsadas por vientos poderosos que transportan partículas de polvo de suelos erosionables, particularmente en zonas degradadas y afectadas por la sequía, las tormentas de arena y polvo se intensifican debido a prácticas insostenibles de la tierra, la eliminación de la vegetación y la pérdida de biodiversidad.  Destruyen millones de hectáreas de activos naturales renovables y contribuyen significativamente a la contaminación del aire en algunas partes del mundo. Estudios recientes (i) revelan que más del 50 % de la exposición anual promedio a PM2.5 en Asia Central y el sur del Cáucaso puede atribuirse al polvo natural y los incendios forestales. (Fuente: Banco Mundial)

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