Por Lucía Farfán Salazar
El año está concluyendo. Para algunos, estos días avanzan con lentitud; para otros, los números simplemente no cierran. Diciembre expone realidades distintas, pero todas coinciden en un mismo escenario: la calle.
En estas fechas aparecen nuevos emprendimientos y emprendedores de todas las edades. Se hacen más visibles personas que llegan desde lejos con su trabajo artesanal, con la esperanza de recibir algunas monedas que les permitan cerrar el año con dignidad. Al mismo tiempo, se percibe una desorganización evidente por parte de las municipalidades: mientras algunos locales y discotecas son clausurados, en otros espacios la gente duerme en la calle, invisible ante el sistema.
Este año, en lo personal, me lancé a más de un proyecto. Y sí, para quienes aún no se empapan del mercado, puede parecer que me caí. Pero quienes están dentro saben que no fue una caída, sino construcción. Construí escalones que el próximo año me permitirán afinar procesos, perfeccionarme y acercarme a las metas que me propuse. Porque en el mercado real —no en el ideal— cada tropiezo enseña. Caerse no es fracasar: es parte del oficio.
Y aquí va algo esencial: quienes estamos dentro del mercado no solo vendemos productos, también leemos a la sociedad. Vemos lo que falta, lo que duele, lo que se busca. Aunque intentamos responder a esas necesidades a través de lo que ofrecemos, hay valores que no se transan. Escuchar, ser amables, acompañar, dar un abrazo o simplemente estar presentes siguen siendo gestos invaluables.
La Navidad, dentro del mercado, no es una temporada equitativa. Pocos resultan verdaderamente beneficiados. Aun así, observar a jóvenes y adultos sostenerse con resiliencia, insistiendo pese a las dificultades, es profundamente admirable y revela el verdadero espíritu de estas fechas.
En medio del ruido, las ventas y la urgencia por cumplir metas, conviene recordar —como lo señalaba Erich Fromm— que “dar es la más alta expresión de la potencia humana”. Dar tiempo, atención o una ayuda sincera sigue siendo un acto profundamente humano, incluso dentro de un sistema que mide el valor en cifras.
Para mí, la Navidad es precisamente eso: un instante que, aunque dure solo unos segundos, logra unir a las personas en una pausa de humanidad. No siempre se gana en términos económicos, pero se gana mucho cuando se regala una sonrisa desde el corazón.
Y, si soy honesta, esa forma de mirar al otro no debería limitarse a una fecha. El espíritu navideño tendría que durar todo el año. Conectar, escuchar y dejar de lado las diferencias sociales que aprendimos a cargar es una tarea pendiente. Todos tenemos problemas, todos libramos batallas silenciosas, y rara vez alzamos la voz por corazones ajenos… hasta que la desdicha nos toca de cerca.
Feliz Navidad y Feliz Año Nuevo para todos.






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